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Los deseos del dandi - Javier Montes
Fonte: abc.es
La relación entre artistas y dandis ha sido siempre espinosa: una atracción fatal que pincha y duele a los que se ponen a analizarla. Después de Balzac, de Barbey o de Wilde, obsesionó a Proust y sirve de tema subterráneo a toda En busca del tiempo perdido. Su personaje más conmovedor y, por desgracia, menos verosímil resulta ser las dos cosas. Octave, un secundario poco visible (un terciario y hasta un cuaternario, casi) reina con el apodo de Dans les choux sobre el grupito de jóvenes elegantísimos e inaccesibles en el que el joven Marcel tanto desea ser admitido. Dans les choux es el dandi entre los dandis. Sólo le interesan las carreras de caballos, el coche más rápido y la ropa que adelanta la moda convencional de los bien vestidos.
La última consecuencia. En un círculo alérgico a las conversaciones «profundas» que usa el esprit como contraseña privada de reconocimiento, brilla hasta la última consecuencia: nadie jamás le ha oído decir una sola palabra seria. Ni casi una palabra de las otras: el chico se viste, galopa, juega al tenis, seduce y habla muy poco. Y, sin embargo, en un libro sobre la redención del dandismo -y quizá sobre el dandismo de la redención- también Octave representa un sueño de salvación mediante el arte. En El tiempo recobrado, muy de pasada (pero con cuánta esperanza, con cuánta intención se dice) Proust nos informa de que todo ese tiempo Dans les choux ha estado escribiendo maravillosas piezas de teatro. De pronto los críticos lo aplauden, llena los teatros, lo adapta Diaghilev.
Así que resulta que Octave era al final un artista. Y un falso dandi, porque el dandi no produce otra cosa que a sí mismo. No es poca cosa, pero no deja huella: es todo influencia y apariencia, circunstancia pura que se desvanece cuando se esfuman los ojos que lo miran y las bocas que lo comentan.
Si el dandi es artista, lo es tortuosamente. Lo dice Barbey del Bello Brummell, «un gran artista a su manera; sólo que su arte no era especial, no se ejercía en un momento dado. Era su vida misma. Su valor sólo se daba sobre el terreno». Los dandis componen con mimo secreto y desapego aparente vidas brillantes y áridas, y su ansiedad ante la estandarización igualitaria que traen las revoluciones burguesas del XIX se esconde bajo una mirada glacial. Seguramente su mentalidad antiproductiva, la transformación de sí mismos en obras de arte, esconde una pulsión de rechazo y de muerte. Los dandis, dice Barbey, «saben por qué punta hay que encender el deseo». Sí, pero apagan la llama en cuanto prende.
El capricho. Todo resulta bastante siniestro, desde luego. Pero suele ser así cuando se lidia con el deseo y con la muerte: el dandi no hace otra cosa. Representa el capricho en sociedades regladas y simétricas, y nos hace falta para equilibrar nuestros ecosistemas sociales viciados. Satisface una sed y cumple una función tan necesaria como la de los héroes y los grandes hombres. Por eso repele, y por eso fascina.
Y resulta tan difícil resistirse a esa fascinación como explicarla a quien no la ha vivido de primera mano: Barbey luce un rasgo de genio -de dandismo, más bien- al negarse a copiar una sola de las frases agudas de Brummell en el libro que le dedica. William Hazlitt, mucho más torpe, las enumera una a una en su Brummelliana. Y una a una las notamos caer como piedras banales o puras impertinencias sin demasiada gracia: no ha entendido bien que la obra del dandi es el influjo en su entorno. Fuera de ese entorno no queda nada. Una alquimia parecida a la que se aplica a la obra de arte desde Duchamp. Fuera del contexto apropiado, si no los miran los buenos ojos, el urinario o el portabotellas vuelven a su condición de cosas vulgares. Cuando el artista, desde Nueva York, encarga la mudanza de su estudio parisino, la limpiadora tira a la basura sus primeros ready-mades: ido el maestro, sus rastros son trastos.
Huérfanos de dueño. Lo mismo debió de pasar con los muebles y los bibelots de Brummell, subastados tras su huida vergonzosa a Francia: ¿qué eran las tabaqueras y las porcelanas famosas al quedarse huérfanas de su dueño? El arte del dandi es un arte de la voluntad, no del esfuerzo. O, en todo caso, de un esfuerzo supremo (tanto que pone el contador a cero y se parece peligrosamente a la apatía): el necesario para sostener, con sólo quererlo y sólo mientras lo quiera, la condición artística de cualquier cosa. Un nudo de corbata, un no ir a una cena, una rueda de bicicleta, una lata de sopa.
No es difícil reconocer una genealogía de anti-artistas dandis que lleva de Brummel a Wilde y a Cocteau, se hiela en las mínimas absolutas del fuego frío de un Duchamp ajedrecista y mudo, florece en los bigotes-eslogan de un Dalí autoconvertido a la vez en el producto y en su spot publicitario y desemboca, claro, en Warhol y su viaje de invierno de la A a la B del arte (y vuelta).
Y no se para ahí, desde luego: la necesidad descrita por Susan Sontag, «cómo ser un dandi en la era de la cultura de masas», ha sobrevivido al camp en que se encarnó el dandismo durante quince minutos de los años sesenta. Y cómo no, en nuestro tiempo es más angustiosa que nunca. El artista dandi se ha convertido en el artista-marca: Murakami, Koons, Hirst y tantos otros quizá sean ahora el epítome del dandi que sabe, según Barbey, «elevarse a la calidad de cosa». En los tiempos que corren, hacer de uno mismo obra de arte tenía que acabar llevando, claro, a montar una empresa con franquicias de uno mismo. La apariencia pura, la influencia mágica, el símbolo mudo: quizá al final la esencia del dandismo ha acabado resumida en el logotipo.
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